2018/02/14

Soul, derechos sociales y Ku Klux Klan

Un género radicalmente negro que no fue simplemente un estilo musical, sino más que nada una actitud, una proclama, una muestra acabada de la dignidad de la población afroamericana.

“I look inside myself and see my heart is black” 
Paint it Black- (Jagger- Richards) 

“With the power of soul anything is possible”
Power of Soul- (Jimi Hendrix)

Nota Socompa

El 11 de diciembre de 1964 se producía en la ciudad de Los Ángeles (EEUU) un crimen bastante oscuro. En una de las piezas de un motel de esa ciudad californiana encontrarían el cadáver de Sam Cooke en horas de la madrugada. Cooke está considerado como uno de los padres de la música soul. Además de haber sido ejecutado por un disparo hecho con la precisión propia que tienen los sicarios, el cuerpo ofrecía una cantidad de golpes propinados con inusitada violencia. Lo curioso es que quien se atribuyó el asesinato fue Bertha Lee Franklin, la encargada del hotel. La mujer declaró que tuvo que asesinarlo debido a que el cantante negro quería violar a una joven. El caso sin demasiadas vueltas fue cerrado con la versión de la hotelera. Se sospecha que detrás de esa muerte estaba una formación del Ku Klux Klan. Ese mismo año la organización ultraderechista había asesinado a los trabajadores miembros del movimiento por los derechos civiles Chaney, Goodman, y Schwerner en Misisipi. Sam Cooke también había sido parte de ese movimiento y desde hacía tres años había creado su propio sello discográfico SAR Record. Recordar este hecho no es ocioso, es parte de lo que se intentará señalar en esta nota.
Por lejos el soul no fue simplemente un estilo musical, sino principalmente una actitud, una proclama, una muestra acabada de la dignidad de la población afroamericana. La impronta del soul tendría toda su relevancia en la década del ’60 aunque sus bases comenzarían a desarrollarse en la sociedad norteamericana de la posguerra. Una sociedad marcada por el empobrecimiento de las capas populares y un alto índice de segregación racial. La revolución soul se produciría simultáneamente con la irrupción de la cultura del rock, y si bien alcanzarían algunos rasgos comunes, eran ellas, marcas bien diferenciadas que tendrían entre sí una implicancia mutua decisiva y considerable, no siempre muy explicitada que tal vez debiera alcanzar mayor perceptibilidad. En aquel tiempo resultaba casi una obviedad, pero pareciera que con el correr del mismo, aquella evidencia se hubiese desdibujado.
Tanto el rock como el soul eran hijos directos del rhythm & blues, una música afroamericana surgida tras la gran depresión del ’30. El rock es considerado como la versión blanca de ese estilo acompasada a nuevas melodías, mientras que el soul realizaría una operación similar pero reflotando un viejo estilo afroamericano como el gospel.
La irrupción soul se daría de la mano de una importante movilización social como fue el Movimiento por los Derechos Civiles, encabezado por Martin Luther King, el cual promovía derechos para la población negra que en aquel momento eran solamente privativos de los blancos, como así también emergían por entonces grupos radicales como fuera el Black Panther.
Importantes sellos discográficos como Motown y Stax se convertirían en difusores principales del naciente Soul, dando lugar a la aparición de figuras como Ray Charles, James Brown, Salomón Burke y Sam Cooke, sumándose posteriormente Otis Redding, Wilson Picket, Aretha Franklyn, Stevie Wonder, The Tempations, Marvin Gaye, entre muchos más.
Tras el cobarde asesinato de Martin Luther King, el movimiento soul se radicalizaría dando nacimiento a un estilo también más duro como fuera el funk, que tuvo a James Brown como uno de sus principales cultores y a esa tremenda banda que muchos descubrirían en Woodstock y que era Sly & The Family Stone.
El soul fue desde un inicio negro sobre negro, gospel sobre R&B, pero todos los exponentes de este estilo nunca dejaron de versionar a las estrellas blancas del rock. Un resultado magnífico de esto fue por ejemplo un excelente disco de tributo soul a los Beatles. También rockeros como Rare Earth o Spencer Davis Group versionarían a músicos de soul.
Mientras en los 60, los jóvenes rockeros principalmente británicos se acercaban al blues, y hacían rastreos de esa música en el pasado, simultáneamente irrumpía el soul dándole una impronta muy particular al revisionismo blusero. Los grandes músicos blancos emergentes por aquel entonces pareciera que se hubieran hecho devotos de un nuevo dios, de un dios negro que llevaban por dentro y que llenaba de ritmo africano el alma (el soul). Recordar a Eric Burdon, John Mayall, Mick Jagger, Joe Cocker, Janis Joplin, Eric Clapton por nombrar solamente algunos, nos da la certeza de que la mayoría de los rockeros de entonces aunque blancos de piel intentaban acercarse en su alma al color de la raza que hiciera emerger el ritmo más excitante del universo, mucho más si eso representaba para ellos  ejercer la autonomía de no ser parte de  un establishment por ese entonces bastante cuestionado.


2018/01/15

Los ’80: música y neoliberalismo. Tocando al compás del capital

Si las décadas de los 60 y los 70 quedaron grabadas en la historia como tiempos de profundos cambios en todos los terrenos, en los 80 la música,  que había revolucionado esos años, empezó tocar otro ritmo.

Transcurría el año 1984. Owner of a Lonely Heart de la banda británica Yes era uno de los temas más escuchados. Por entonces un éxito discográfico. En cualquier televisor encendido podía verse el videoclip o también oírlo en alguna estación radial de las novedosas FM (Radios de Frecuencia Modulada). No está de más recordar que desde el 1º de Mayo de 1980 existía oficialmente en la Argentina la TV en color. Era un tiempo en el cual -a partir del regreso de la democracia- se declamaba que todo lo valioso de la década precedente debía retornar: la música de rock o las ideas de izquierda. Pero todo lo que volvía ya no era igual. Algo había cambiado.
Yes fue conformado en 1968 en Londres. Desde sus inicios la agrupación comenzó a desarrollar un sonido característico de rock con fusiones de jazz. Es de destacar que con la llegada en 1972 del tecladista Rick Wakeman la banda lograría un sonido muy particular que alinearía al grupo junto a otros grandes exponentes del rock progresivo y sinfónico de entonces: Pink Floyd; Genesis; King Crimson; Emerson, Lake & Palmer. Wakeman había sido un pianista de música clásica que pasó a utilizar una multitud de teclados electrónicos de última generación. Con Yes incorporarían a las grabaciones a una orquesta sinfónica y un coro. Eran los tiempos de búsquedas sofisticadas y la creación de obras conceptuales. En 1972 lanzarían el álbum Close to the Edgeinspirado en el Siddhartha de Herman Hesse. Un año después tendría lugar Tales from Topographic Oceans, obra también conceptual escrita por Jon Anderson y Steve Howe. El clásico sonido progresivo de Yes llegaría hasta 1979. A partir de ahí la banda quedaría casi desarticulada y algunos de sus miembros propusieron tomarse un descanso. Wakeman y Anderson por ese entonces se inclinarían hacia la música étnica y New Age.
En 1982 los sobrevivientes de Yes alinearon al guitarrista sudafricano Trevor Rabin y allí comenzaba la nueva versión de la banda. Rabin lejos de provenir de la tradición progresiva era un virtuoso guitarrista que cultivaba el hard rock, el pop y el techno rock con lo que Yes adquiriría un sonido mucho más comercial y con llegada a un público masivo.  En octubre de 1983 la nueva formación grabaría el álbum que llevaría como nombre 90125 en alusión al número de catálogo de elepés en el registro del sello Atlantic Records. El tema Owner of a Lonely Heartllegó a ubicarse por varias semanas en el número uno de los rankings de popularidad. Por su parte el tema instrumental Cinema le permitiría al grupo recibir en 1984 el Premio Grammy que sería el único alcanzado por Yes a lo largo de toda su historia. En febrero de 1985 la banda se presentaría en la Argentina en un colmado estadio de Vélez Sarsfield.
El pasaje de un estilo sofisticado y de búsquedas a otro de tipo más bien comercial no fue una exclusividad de Yes. Hubo otros grupos como Genesis, Supertramp o Fleetwood Mac sólo por nombrar algunos que hicieron el mismo camino. Si bien es factible realizar una crítica al cambio de estilo hay que señalar que la calidad instrumental de esas bandas resultaba superlativa. Mientras en Europa se imponía un tipo de música pop rock en donde emergían bandas como The Police, U2,  Depeche Mode, Queen; en los Estados Unidos reinaba la música disco heredera del soul y el rhythm & blues. Michael Jackson era su principal exponente. La conversión al mainstream y la música pop debe entenderse como resultado de un vertiginoso cambio de época no siempre perceptible.
Las décadas del 60 y 70 son valoradas como tiempos de cambio, de revuelta y contracultura. Sobre ello se ha escrito mucho y se sigue escribiendo. Es una necesidad hacerlo. Los 90 son considerados como la etapa en la cual se impondría el neoliberalismo y el pensamiento único heredero del proclamado fin de la historia. Por su parte los años 80 pareciera que no tuvieran grandes hitos para resaltar. Fue una década casi sin épica, una vuelta al sentido común más rutinario.  Sin embargo los 80 representan un tiempo refundacional del capitalismo global. Nada de lo que hoy ocurre podría entenderse sin saber mínimamente qué representó dicho período. Si en los 90 el neoliberalismo se hace perceptible es porque sus cimientos fueron realizados un tiempo atrás. Lo social, lo económico y lo cultural se transformarían sustancialmente. Los cambios en las disciplinas artísticas responden a ese proceso, se enmarcan en él. Se produce el fin de la sociedad de masas. Se comienza a constituir lo social como el entramado complejo de círculos íntimos con lo que devienen las mayorías silenciosas.
Si bien el fenómeno mainstream es posible a partir de una difusión extremadamente masiva en la que sus instrumentos comunicacionales se revolucionarizan permanentemente cabe destacar que no apuntan a conformar  colectivos sociales sino a desmantelarlos construyendo una cultura del hedonismo individualista en la que priman los círculos reducidos, los espacios de privacidad y el resguardo de la multitud.
El fenómeno de la discoteca

Si bien los locales a los que los jóvenes acudían para bailar música grabada tuvieron sus inicios promediando la década del 70, los mismos fueron lugares predominantes en los 80. En la Argentina los denominados boliches bailables desplazarían a los bailes populares a partir de 1976. Vuelta la democracia no habría cambios al respecto. Los lugares cerrados no sólo seguirían sino que se tornarían mucho más sofisticados.
En 1977 se crearía en Manhattan (EEUU) la célebre discoteca Studio 54. Allí se daban cita personajes famosos como Andy Warhol, Mick Jagger, Salvador Dalí, Liza Minelli, Cher, Woody Allen y Frank Sinatra. El rasgo particular de Studio 54 era que el ingreso al lugar no estaba asegurado. La gran afluencia de jóvenes podía verse en las puertas del lugar intentando ser aceptados para ingresar. Se imponía el derecho de admisión. Si bien las discotecas eran masivas, el fenómeno de las luces y la intensidad del sonido propiciaban una cierta imagen de aislamiento. El resto podía ser visto como un decorado necesario. Por esta razón se señalaba por entonces que si un grupo de amigos quería festejar como en su casa debía hacerlo en la disco.  La arquitectura de las grandes discotecas ofrecía diferentes pistas de baile y lugares reservados que sujetos a las sofisticadas iluminaciones propiciaban la ilusión de estar en un lugar no público. La música que emergía en los 80 debía adaptarse a estos nuevos lugares en los que lo social sería desplazado por una perspectiva íntima y privada. Es interesante rastrear estas características en el cine de la época. Esto se potenciaría en los 90 y hasta hoy mantiene vigencia.


2018/01/02

La cuestión de la militancia política- Es la realidad, estúpido

David Harvey y su libro
La falta de una lectura ajustada de la realidad lleva a una práctica ciega, oscura, librada al despliegue de un extremado voluntarismo que más que ser el producto de una necesidad histórica y social es el resultado de avatares individuales.
Nota Socompa

Alguna vez el célebre etnólogo Claude Lévi- Strauss dijo que las actuales sociedades se corresponden con máquinas termodinámicas que van mutando permanentemente. Las denominaba sociedades calientes. En ellas los hábitos culturales y las certezas sufren una metamorfosis que si son vistos no mucho tiempo después resultan anodinos. Esta velocidad se ha incrementado en las últimas décadas y pareciera ir en aumento. Con ello todos los valores de utilidad –no solamente comerciales- quedan subsumidos en las modas. De esta forma un bien cultural o social que puede considerarse de importancia es dejado de lado por atribuirle condición de “viejo” y por ende catalogarlo como agotado. Esta supuesta caducidad no siempre coincide con las necesidades, ya que en la mayoría de los casos es decretada a través de operaciones ideológicas que intentan sepultar todo aquello que no pegue con las ideas dominantes de un determinado tiempo histórico. Ideas que también mutan muy rápido.
Resulta bastante curiosa la imposición de nuevas modas intelectuales que van degradando y desprestigiando en muchas casos construcciones teóricas rigurosas por considerarlas hechas para otros tiempos. De esta manera aparecen nuevos pensadores que si rescatan a algún teórico del pasado manifiestan haberlo aggiornado.  Así es posible que se produzca el retorno de alguien para enfrentarlo o superponerlo a otros de su tiempo. Antonio Gramsci en los ’80 fue utilizado para contraponerlo a la tradición marxista, fundamentalmente leninista, resaltando de él aspectos tanto autonomistas como socialdemócratas. A estas maniobras de manipulación de la teoría en otros tiempos se las denominaba “revisionismo”, un término que también fue eliminado del vocabulario militante por considerarlo caduco.
Realizar una profunda crítica al igual que un inventario de todas las revisiones llevaría un enorme trabajo que solamente podría ser realizado por un colectivo de intelectuales comprometidos. Esto le proporcionaría al activismo una batería de herramientas conceptuales que potenciarían su labor militante.  A veces determinados silencios podrían ser considerados como resultado de cierta miopía, aunque la mayoría de las veces sean intencionales, producto de cambios en los modos de abordar y percibir la realidad. Cambios que sin duda van degradando incluso al pensamiento crítico.
Saber dónde estamos parados

Todos aquellos que militaron en los ’70 deben extrañar la caracterización de la etapa en la que desarrollaban su labor. Realizar un análisis de situación no era sólo el patrimonio de las izquierdas marxistas, también lo hacían las diferentes organizaciones del peronismo revolucionario. Si la actividad política no representa un pasatiempo, un lugar para expiar culpas ni tampoco una oportunidad para acceder al poder para saciar apetitos individuales lo primero que se debiera conocer es la realidad que se pretende transformar. Carecer de ese conocimiento lleva a una práctica ciega, oscura, librada al despliegue de un extremado voluntarismo que más que ser el producto de una necesidad histórica y social es el resultado de avatares individuales.
Por esta razón habita en el sentido común la idea de que enrolarse en el cambio social es sólo para los jóvenes que, una vez envejecidos, deben retirarse a hacer otras cosas. “De joven se es revolucionario y de viejo conservador”, dice un dicho popular. Si bien algo de todo eso sucede en la sociedad, no se puede concebir un proceso de transformaciones exclusivamente como la exteriorización de subjetividades. Las mismas son necesarias e inevitables pero se apoyan en procesos materiales y objetivos mucho más complejos que, resulta necesario conocer. Hoy se impone la posverdad con lo cual un gobierno como el de Macri afirma un montón de cosas que uno percibe que son falsedades pero no hay quien a través de datos reales pueda rebatirlos y poder informar correctamente a la población, ya que no alcanza con decir que los medios mienten.
Del análisis de situación que propicia una caracterización correcta de la realidad surge la línea de acción, la línea política, el quehacer militante. El actual y muy recomendable  marxista británico David Harvey sostiene en la introducción a su libro Diecisiete contradicciones y el fin del capitalismo (2014) que; “Las interpretaciones erróneas conducen casi siempre a políticas erróneas cuyo resultado será profundizar más que aliviar las crisis de acumulación y la miseria social que se derivan de ellas”.  En referencia al movimiento anticapitalista ahora en formación, Harvey señala que resulta “crucial no sólo entender mejor el funcionamiento de su antagonista (el capital) para oponerse al mismo, sino también para articular una clara argumentación sobre por qué tiene sentido en nuestra época un movimiento de este tipo y por qué es tan necesario tal movimiento en los difíciles años que nos esperan para que el conjunto de la humanidad pueda vivir una vida decente”.
Conocer la realidad además permite saber quiénes son nuestros amigos y medir la envergadura de a quién nos oponemos. No se trata de un caminante ciego que por casualidad encontró su lazarillo, se trata de caminantes que en la experiencia de caminar van conociendo y haciendo el camino.


2017/12/31

Sitrac o las luchas olvidadas

Las luchas de los obreros de Fiat Concord en la Córdoba de principios de los 70 constituyen, junto a algunas otras, modelos que la burocracia sindical prefiere olvidar, precisamente porque podrían marcar un camino en el presente.

No tendría nada de asombroso que un país retome los objetos de su pasado, los vuelva a describir minuciosamente para luego saber qué se puede hacer con ellos en el presente. En Crítica y Verdad, el semiólogo francés Roland Barthes esbozaba esta idea afirmando luego que “esos son, esos deberían ser los procedimientos regulares de valoración”. En la Argentina de hoy pareciera que la historia hubiera colapsado. Sólo existe un virtual futuro anclado en un débil presente y un pasado que se debiera olvidar o solamente recordarlo como la madre de todos los males. De esta manera se rompe la historización y por ende se pierden todos los objetos o hechos que fueron parte de nuestro pasado reciente. Lejos de validar dicha operación es necesario volver a esos elementos negados, porque aunque eso no se haga ellos viven intensamente en el presente. Intentar limpiarlos no es más que una triquiñuela que hoy se impone en el sentido común imperante.
Así como nadie puede borrar los hechos de su pasado mucho menos se lo puede hacer con la vida de un pueblo o una nación. Las luchas populares y sus organizaciones, o el genocidio perpetrado contra ellas, no se pueden esconder en un sótano porque aunque se lo intente, aunque se simule su desaparición, siguen insistiendo en el acontecer de la sociedad. Siguen escribiendo el presente.
De todas maneras inclusive en el ideario de los grupos que hoy dicen representar a los trabajadores o a los sectores populares pareciera que hay objetos del pasado que también quisieran ocultar o dejar de lado, ya sea porque no son parte de su propia tradición o porque en la infernal concurrencia de las izquierdas pretenden también vivir casi exclusivamente del presente.
Las experiencias de los obreros clasistas en los comienzos de los setenta en Córdoba, igual que el accionar de las vanguardias revolucionarias de entonces, es necesario señalar que no han dejado herencias orgánicas ni a nivel de los partidos políticos actuales, ni tampoco una tradición teórica que reivindique al marxismo de una forma diferente a cómo hoy se lo conoce en las organizaciones existentes o en el ámbito académico. Si bien el kirchnerismo intentó plasmar algún legado de la izquierda peronista de los 70, esto sólo fue un aspecto decorativo. No se trata de emular cierto pasado para repetirlo sino para extraer conclusiones válidas que sirvan en la actualidad. Se trata en primer lugar de la autocrítica, del reconocimiento de los errores para su debida corrección; más que el rescate de cierta épica con la cual quedan conformes los diversos narcisismos de las pequeñas diferencias.
Las automotrices cordobesas

Si bien la matriz económica de tipo industrial nunca fue el aspecto predominante de la formación social argentina, hay que señalar que en coyunturas precisas tuvo un desarrollo particular. Tal fue la puesta en marcha del gran complejo automotriz en el conglomerado urbano de la ciudad de Córdoba. Además de la extensa planta que Ika- Renault tenía en Santa Isabel, y de las fabricaciones IME, se instalaría en Ferreyra en 1954 el complejo de las fábricas Fiat Concord y Materfer. Esta empresa italiana llegaba a nuestro país envalentonada tras haber lidiado a su favor un extenso conflicto gremial en Turín con la central itálica CGIL. En estas plantas la patronal prohibiría la actividad sindical hasta que en 1958 el gobierno de Arturo Frondizi permitió la conformación de sindicatos por empresa. De esta manera se formarían los pequeños Sitrac (Sindicato de trabajadores Concord), Sitram (Sindicato de trabajadores Materfer) y Sitragmd (Sindicato de trabajadores de Grandes Motores Diesel). Esta modalidad de asociación, al encontrarse escindida del movimiento sindical argentino, tendría un escaso margen de negociación colectiva.
Según el muy buen artículo publicado por César Altamira en la Revista Los ’70 Nº 8 de 1997 bajo el nombre “La vanguardia obrera”, desde un comienzo la empresa articuló una política hostil hacia los trabajadores implementando “un férreo ajuste de la disciplina fabril”, ya que habiendo Fiat  trasplantado al país la política laboral que desarrollaba en Italia además de descentralizar la producción “mudando las operaciones de montaje a El Palomar (Provincia de Buenos Aires) y de producción de camiones y tractores a Sauce Viejo (Santa Fe)”, la empresa además “mantuvo un sistema de producción cuyo ritmo se encontraba salvajemente atado a la velocidad de la máquina” en donde “se buscaba la máxima productividad laboral, independientemente de las presiones físicas y psíquicas que se imponían. Este método productivo suponía que las responsabilidades del operario en la línea no estaban referidas sólo a una máquina sino que se extendían, durante los tiempos muertos, a las máquinas vecinas intensificando así el trabajo”.
Lo interesante que remarcaba también Altamira es que “paralelamente la empresa establecía los incentivos salariales como base de su sistema de remuneraciones. Esta modalidad, que otorgaba a todo un departamento y no a los trabajadores individuales un pago extra sobre la base del rendimiento, era toda una anomalía salarial en la década de los 60”. Un cierto modelo de flexibilización laboral acorde a una época determinada en la que el resto de los trabajadores del país se acogía a modalidades muy distintas. La mayoría de los empleados de la Fiat eran jóvenes bastante calificados, muchos de ellos recién salidos de los colegios industriales. La empresa además editaba una revista para los trabajadores en donde se hablaba de la Familia Fiat mientras la burocracia sindical tenía su bunker al lado de la gerencia. Pero el paraíso patronal tendría su fecha de defunción.
Los nuevos aires de la rebeldía

En mayo de 1969 se produjo el Cordobazo, esa multitudinaria revuelta obrera que modificaría sustancialmente el panorama político nacional comenzando a agotar el denominado proyecto de la Revolución Nacional que venía llevando adelante la camarilla militar desde 1966. Paradójicamente los trabajadores de Fiat no fueron parte de esa primera gran pueblada mediterránea. La ofensiva hegemónica encabezada por el teniente general Juan Carlos Onganía fue sedimentando en la sociedad un cúmulo muy grande de tensiones que fueron estimulando el crecimiento de una nueva modalidad obrera de respuesta contra el autoritarismo patronal. Esa actitud iría a confrontar con la mayoría de las conducciones sindicales establecidas en tanto éstas hacía rato que se habían convertido en socios menores de las clases dominantes. De esta forma el clasismo aparecía como un profundo cuestionamiento a las estructuras sindicales vigentes en una etapa de radicalización creciente de las luchas obreras. La democracia de base y la acción directa se convertirían en sus principales argumentos.
Los primeros meses de 1970 estallaría la familia Fiat.  El 14 de mayo los trabajadores de Concord tomarían la fábrica por 48 horas exigiendo la renuncia de la burocracia y por el llamado a elecciones. En junio seguirían el mismo camino los obreros de Materfer.
El ex secretario general de Sitrac Carlos Masera señalaba en una entrevista que le realizó María Eugenia Etkin también para Los ’70 que, a partir de la toma y haber cambiado las conducciones sindicales “hubo muchos cambios. Por ejemplo, ellos tenían una oficina pegada a la del Jefe del Personal, donde jugaban al truco, algunos de los delegados prestaban plata, imagínate cómo eran vistos éstos dirigentes… Cuando nos hicimos cargo nosotros, caminábamos la planta, hablábamos todo el tiempo con los compañeros. Yo me esforzaba por demostrar que era un trabajador más, había una lealtad de clase y eso se veía claro. Los compañeros de la Comisión Provisoria vivían -y aún siguen viviendo- muy humildemente. Hay una cosa que siempre me llamó la atención: si bien los obreros no tienen tiempo de hacer análisis intelectuales, tienen intuición para distinguir quiénes lo traicionan y quiénes no”.
Como se señalara en los Cuadernos Pasado y Presente de 1973, “El movimiento de masa protagonizado por los obreros del complejo Fiat encontró sus interlocutores ‘naturales’: la izquierda revolucionaria, el peronismo de base y las organizaciones armadas”. Masera en la entrevista señalada afirmaba que al otro día de haber triunfado la toma se acercaron a la planta de Ferreyra varios intelectuales de izquierda para asesorar a los trabajadores, creándose así un intercambio importante. La democracia asamblearia, la problemática del puesto de trabajo y la acción directa se convirtieron en las principales armas de un nuevo sindicalismo que con su accionar rebasaba los límites institucionales del sindicato.
Lamentablemente la mayoría de los balances correspondientes a aquel fenómeno singular nunca fueron problematizados para servir como ejemplo a las generaciones posteriores en lo referido a la práctica sindical. O se lo recuerda sólo como una gesta heroica o como el actuar sectario de obreros “manipulados” por las izquierdas.
Sin lugar a dudas el clasismo de Fiat cometió gruesos errores que no permitieron que se produjera un avance sustantivo en el conjunto de la clase obrera pero eso no invalida su defensa irrestricta de los compañeros de la fábrica, contrastando esa actitud notablemente con el accionar de las burocracias sindicales. En octubre de 1971 el gobierno dictatorial del general Lanusse le quitaría la personería gremial a Sitrac Sitram ocupando las plantas con la Gendarmería y despidiendo a todos los delegados junto a 300 operarios más.
El Sitrac Sitram es recordado por haber realizado -a pesar del poco tiempo- uno de los más avanzados programas políticos de los trabajadores argentinos.
Si bien a lo largo de todos estos años el sindicalismo se fue convirtiendo en un operador intermedio entre capital y trabajo bien vale recordar al clasismo y saber que esa veta aunque acallada o reprimida siempre anida en el seno de la clase trabajadora.


La crisis del campo popular

El macrismo no deja de avanzar sobre las organizaciones y movimientos que responden a los sectores populares. Revertir la actual situación que es de una extrema complejidad, debiera provocar el ingenio y la creatividad del activismo social y sus intelectuales.

Por Osvaldo Drozd*

Si bien el gobierno de Macri logró en las últimas elecciones incrementar su adhesión electoral y consolidar su autoridad no se puede decir que los diferentes sectores populares se hayan mantenido inmóviles. A lo largo de los últimos dos años hubo un nivel bastante alto de movilización. Los primeros meses de este año fueron de intenso movimiento e incluso desde el oficialismo –aunque lo nieguen- promovieron la marcha del 1A para contrarrestar el efecto del incremento de la movilización popular. La composición de la misma es principalmente social, sindical, de DDHH con la participación del vasto espectro de las organizaciones políticas del campo popular. A excepción de marchas lideradas por sectores puntuales como docentes, movimientos feministas, etc., se puede afirmar que ninguna fuerza política puede atribuirse la conducción del proceso de movilización. En tal sentido, lo actual –en cuanto configuración política- se asemeja bastante a la resistencia protagonizada por los diferentes movimientos sociales a lo largo de los ’90 y principios de este siglo. El kirchnerismo a lo largo de 12 años de gobierno no pudo construir una fuerza política y social que unifique a las diferentes expresiones sociales de base que hubiera permitido construir una hegemonía. El peronismo antes de 2003 había perdido su base histórica y movilizada. Le quedaban sólo poderosos aparatos sindicales y punteros barriales que en sus territorios habían sido desplazados por movimientos piqueteros que gestionaban con mayor eficacia la ayuda social del Estado. Cada organización política tenía –sigue teniendo- su propio movimiento de desocupados, cosa que objetivamente debilita e imposibilita una eventual unificación del sector.

La falta de una organización política que unifique a los diferentes movimientos de base y de masa resulta un problema casi insoluble en nuestro país. En 2003 el perfil político del kirchnerismo no hubiera sido posible sin la existencia previa de un poderoso aunque fraccionado movimiento social de resistencia. A pesar de sumar a algunos movimientos sociales, sindicales y principalmente de DDHH, el kirchnerismo no pudo lograr convertirse en la representación completa de los vastos sectores sociales que en 2001 pronunciaran “Qué se vayan todos”. La concepción muchas veces sectaria de las diferentes izquierdas partidarias no ayudó a resolver esa ecuación como tampoco el abstencionismo de lo que se denomina izquierda social. Tal vez habría que ser mucho más exhaustivo en este análisis. De todas maneras existen determinados sectores sociales que vislumbraron siempre el problema pero no tuvieron la suficiente osadía para resolverlo. En 1997 cuando se imponía la creación de una fuerza de trabajadores con la CTA y el MTA a la cabeza, ambos bloques prefirieron aportar a la constitución de la Alianza de radicales y frepasistas. Es bueno señalar que en el acta fundacional del Congreso de los Trabajadores Argentinos del ’91 en Burzaco, se proponía la conformación de una nueva herramienta de acumulación política. Esto nunca se produjo o en todo caso la propuesta quedó reducida a ser otra variante de la izquierda electoral.

Lo electoral

Hoy se dice que nadie es dueño de los votos. El nivel de adhesión electoral que una fuerza obtenga en determinados comicios nadie la tiene sujetada por siempre. La repetición de determinadas elucubraciones sobre política como la señalada, no hace más que producir un sentido de realidad que como tal no deja de pertenecer al ideario hegemónico. Un ideario que priva al activismo político y social de herramientas para llevar adelante una actividad transformadora. De esta forma, la posibilidad de llevar adelante un proyecto determinado ya no tendría que ver con la acumulación organizada de voluntades, sino con una cierta espontaneidad manipulada del sufragio a la que se le endilga un mix de ingenuidad y mala voluntad propia de una clase media banal. Esto último no deja de tener anclaje real pero habría que precisar que ese anclaje es el resultado de haber dejado a gran parte de la sociedad a la buena de Dios. Medidas económicas progresivas demostraron que no alcanzan para ganar voluntades, mucho más cuando el grueso de la ciudadanía no percibe sus mejoras sino como resultado de esfuerzos y logros individuales, y no como efecto de una nueva situación económica. Al revés es lo mismo, el empeoramiento se percibe de la misma manera. Por esa razón el actual gobierno no lo sufre.

Los acontecimientos recientes, muestran que el desplazamiento de las adhesiones electorales es una realidad incontrastable. Los resultados electorales de los últimos diez años muestran esa constante. Algunos creen que es un efecto de las elecciones de medio término, aunque la volatilidad del sufragio hay que verla principalmente como la falta de una adhesión orgánica a un proyecto. Hoy desde algunas organizaciones del campo popular no se deja de desdeñar a gran parte de la ciudadanía por haber votado a sus propios verdugos. Lo que no se tiene en cuenta al respecto es la responsabilidad propia por no impedir dicha fuga. Si bien en la actualidad no es posible hacer política más que dentro de la escena democrática lo que no se debiera perder es la comprensión general de los diversos planos en los que la política es posible. No se trata solamente de la actividad electoral sino en primer lugar de la labor gris y cotidiana de organizar una fuerza. Ir más allá del macrismo hoy pareciera una quimera. Bajo un formato “democrático” avanza cada vez más por un camino extremadamente autoritario  en donde entre ser oposición y estar fuera de la ley, forman parte de un par que se encuentra separado por una frontera sinuosa y permeable. Esto se percibe en la represión permanente a la movilización popular como a la persecución sistemática de figuras opositoras. La complicidad judicial y mediática conforman junto al ejecutivo un sólido bloque de poder que no será tan fácil desmontar ganando una elección. Hoy los sectores populares se encuentran en una orfandad extrema. Revertir esta situación es tarea de los militantes pero también de los intelectuales comprometidos, ya que el blitzkrieg neoliberal ha trastocado certezas que se tenían hasta hace muy poco. Un intelectual orgánico y colectivo resulta imprescindible.

Berisso, 26 de diciembre de 2017

*Periodista


2017/11/26

La encrucijada del blues- Música y choque de culturas

El nacimiento de un género  que puede ser leído – y escuchado – como el resultado musical de la inserción conflictiva del trabajador afroamericano en el territorio hostil del sur profundo de los Estados Unidos. Nota Socompa

“No puedo imaginar mi vida ni la de nadie sin música. Es como una luz en la oscuridad que jamás se extingue”
(The Blues. Martin Scorsese)

Señalaba Nietzsche que cuando determinados fenómenos se prolongan en el tiempo se los pasa a considerar -en su actualidad- como algo completamente obvio. Lo que tiene vida hoy lo tuvo siempre. La música tal como hoy la conocemos es seguro que no siempre existió aunque se busque su acontecer en el remoto pasado humano. Es muy probable que su irrupción haya sido ceremonial y religiosa sujeta a una producción de tipo artesanal. Hoy esa producción es tanto industrial como tecnológica con fines más bien seculares y en un rango de súper reproducción expansiva. Tanto es así que se podría afirmar que el soundtrack, la banda de sonido, hoy invade la cotidianeidad. Ya no es privativo del cine. No solamente se pueden llevar puestos auriculares y reproductores de mp3. La música se escucha en las estaciones de trenes, en los bares, dentro de los automóviles,  acompañando la rutina del desplazamiento humano. De todas formas la salida del modo artesanal de la música se puede considerar como un acontecimiento reciente: el del surgimiento de la industria musical y discográfica.
El nacimiento y desarrollo del blues se produjo en ese momento de transición mencionado. Coincide además con la irrupción de la música popular contemporánea con escenarios y actores sociales bien diferentes a los que convocaba la música clásica.
El blues, al igual que el jazz, el tango o el candombe, si bien tuvieron un sitio en el que se desarrollaron como músicas, hay que precisar que son el resultado de una reterritorialización. No son en sentido estricto: folklore, sino más bien incursión cultural exógena en un nuevo territorio, generando un sedimento cultural inesperado y a la vez excitante.
Los estilos mencionados son la resultante de choques entre culturas en donde la cultura inmigrante se coloca como aspecto principal, subvirtiendo lo estrictamente folklórico. Desde ese entrecruzamiento se debe abordar el blues. Desde un cruce que si bien es conflicto y tensión también es creación.
El nacimiento del blues se sitúa entre fines del Siglo XIX y principios del XX. Se produjo en los estados sureños de los Estados Unidos, más precisamente en el delta del Mississippi. En 1863 el presidente Abraham Lincoln promulgó la Proclama de la Emancipación declarando la libertad de todos los esclavos del país. Esta norma se puso en marcha a partir de 1865 cuando concluyó la Guerra de Secesión. Si bien representó una medida progresiva hay que señalar que la vida material de la comunidad afroamericana no llegó a presentar un cambio profundo en cuanto a inclusión social mientras se producía simultáneamente una fuerte segregación. Algo de todo ese sentimiento producido por esa nueva situación se hace presente en el blues.
La influencia de géneros anteriores como el góspel, los spirituals y las work songs se hizo presente en una forma musical que comenzó siendo vocal y sin acompañamiento. Fundamentalmente  eran improvisaciones cantadas tras la jornada de trabajo en las que los lamentos representaban la norma. La mujer que lo había abandonado, las penurias rutinarias, el paso del ferrocarril… El blues vendría a ser el resultado musical de esa inserción conflictiva del trabajador afroamericano en un terreno hostil.
La metáfora de la encrucijada
I went down to the crossroads, fell down on my knees.
I went down to the crossroads, fell down on my knees.
Asked the Lord above for mercy, “Save me if you please.”
                           (Crossroad. Robert Johnson)
 Si bien Crossroad fue uno de los emblemáticos temas realizados por el mítico Robert Johnson, el cruce de caminos no se agota ahí. Va mucho más allá de una composición musical. El tema mismo debe haber sido realizado bajo el influjo de mitos contemporáneos. Vayamos por partes.
Robert Johnson nació en 1911 en el pueblo de Hazlehurst y a los 20 años se radicó en Robinsonville. Por esos tiempos escuchaba a los intérpretes de blues más conocidos de entonces: Son House, Willie Brown y Charley Patton. También se animaba a emularlos, aunque nadie tuviera para con él demasiada consideración. Por esa razón un día tomó su guitarra y se alejó para dedicarse a recorrer distintos poblados, tocando en las esquinas y pasando la gorra. Con más suerte en los bares o en los honky- tonks cercanos a las plantaciones de algodón.
Dos años después regresó a Robinsonville, y ya no era el mismo, se había convertido en un guitarrista inigualable que con las cuerdas bajas marcaba un walking bass hipnótico y agregando el slide construido con el cuello de una botella lograba que la guitarra gimiera. Nadie podía creerlo y fue así que comenzaron las diversas conjeturas. Seguramente –supusieron-  había tomado clases de algún eximio intérprete. Aunque la idea que cobró más fuerzas fue aquella que decía que Robert había pactado con el demonio en un cruce de caminos. En ese cruce y donde los caminos se cortan había que llevar la guitarra y estar en el sitio preciso antes de la medianoche y tocar algo para invocar a: “Un hombre grande y negro irá hasta allí, tomará tu guitarra y tocará para ti, hará sonar tu canción y te devolverá la guitarra”. Luego de eso el aprendiz sabrá todo lo que necesita para tocar blues.
Solamente hay dos fotos y 29 canciones de Robert Johnson, y hasta algunos dudan de que haya existido. La leyenda cuenta que murió envenenado por el dueño de la taberna donde tocaba, ya que éste suponía que Johnson mantenía relaciones con su mujer. Por esta razón le convidó con una botella de whisky impregnada de estricnina. Tenía 27 años…
En la película Crossroad realizada por el director norteamericano Walter Hill en 1986 podemos seguir algunas pistas al respecto. Aunque la referencia a Robert Johnson estará siempre presente, los personajes ahí son otros, encarnado sí el mismo mito. El joven Eugene Mortone es un estudiante blanco de música que comienza a indagar en los ’60 sobre las raíces del blues y se encuentra en un geriátrico al legendario armoniquista Willie Brown, también conocido como Blind dog Fulton.  Mortone era un gran guitarrista que en el instituto interpretaba música clásica aunque dándole un rasgo particular más propio a la música afroamericana. Su director en un momento le advierte: “No se puede seguir a dos amos”, dando a entender que se está en un lugar o en el otro. El joven guitarrista decidió entonces viajar al delta del Mississippi junto al Perro Ciego Fulton quien le prometió convertirlo en bluesman. Lo interesante de la narración cinematográfica es que el legendario armoniquista también de alguna manera le repetía constantemente que no se puede seguir a dos amos. Para convertirse en bluesman no alcanzaba con interpretar óptimamente un instrumento sino que lo más importante era transformarse espiritualmente haciendo que su cabeza ya no piense como un blanco nacido en Long Island. La mayoría de los jóvenes blancos que en los ’60 crearon el rock tomaron esa actitud subjetiva de ser portadores de un soul particular que muchos describían como ser negros por dentro. Traducido implicaría sentirse en esa intersección conflictiva de los afroamericanos en un lugar hostil. Por esa misma razón el legendario blusero británico John Mayall alguna vez dijo que si el blues resultaba ser la composición musical que expresa el lamento del oprimido, el blues no podía ser privativo sólo de los negros –aunque lo hayan creado- ya que la opresión también hay blancos que la padecen. Por eso la identificación.
En 2003 en ocasión del “Año del Blues”, Martin Scorsese produjo una serie documental de 7 episodios bajo el nombre de The Blues. En la primera entrega denominada Feel like going home la voz que relata dice: “El blues siempre transporta al lugar dónde vio la luz. Una máxima africana dice que: las raíces del árbol no dan sombra. El blues es igualmente profundo. Cuando escuchas esa música y la comprendes verás que es lo único que no lograron arrebatarle al pueblo negro”.


2017/11/11

Retrato de un excéntrico- Oscar Masotta, introductor de Lacan en la Argentina

Autodidacta, crítico literario, observador filoso de su propia clase, productor de interrogantes psicoanalíticos, fue una de las figuras más relevantes – y alejada de los claustros universitarios – de la intelectualidad argentina de los 60.
Nota Socompa

El espacio que separa a la Argentina de los ’60 de la de hoy no es sólo cronológico, no es sólo medio siglo de distancia. Lo que se ubica entre medio y condiciona al tiempo es una cantidad de acontecimientos que hacen de nuestra historia reciente un sendero agrietado y discontinuo. Una verdadera almazuela en la que proliferan diversos fragmentos culturales que se pierden o retornan de acuerdo a coyunturas precisas. De esta forma la prosecución de determinados proyectos se hace bastante ardua. Esbozar mínimamente los rasgos principales de lo que fue la intelectualidad argentina en los ’60 presenta las dificultades señaladas aunque lo más trágico podría llegar a ser que el espíritu que le diera una marca inconfundible a ese tiempo se haya perdido por completo y que las nuevas generaciones no tengan ya un sentido adecuado para hacer perceptible lo que tuvo vida hace medio siglo.
Si hoy la producción de saber se encuentra circunscripta casi por completo a la Universidad, en los sesenta esto de daba de otra forma. Desde mediados de la década del 50 hasta los primeros años de los 70 la continuidad institucional se encontraba seriamente afectada. A pesar de existir lagunas democráticas, la proscripción de la virtual fuerza mayoritaria no le proporcionaba demasiada seriedad a la vida institucional argentina. Los golpes de Estado se repetían incluso al interior de gobiernos de facto. La dictadura que encabezó Onganía en el 66 tuvo hasta 1973 dos recambios obligados. La vida de un intelectual comprometido no podía pasar por los claustros, ya que desde lo estrictamente académico su labor se iría a ver condicionada cuando no reprimida. La entrada al país de las nuevas tendencias teóricas que se imponían en el viejo continente eran tomadas por diversos intelectuales de forma voluntaria pensando en alguna práctica concreta y no como una imposición correspondiente a un plan de estudios.
Esta muy breve introducción intenta dar cuenta del contexto en el que surgió un intelectual como Oscar Masotta quien si bien no fue una isla en el desierto, representa sí a uno de los más destacados de ese tiempo. Masotta nacido en Buenos Aires en 1930 es recordado principalmente por haber introducido en la Argentina promediando los sesenta al psicoanálisis de Jaques Lacan. Antes de llegar a la enseñanza del analista parisino Masotta fue un formidable autodidacta que había incursionado en diferentes disciplinas: la filosofía de Sartre, la crítica literaria, la semiótica, y el paso del existencialismo y la fenomenología de Merleau Ponty al estructuralismo francés.  En el medio sus ensayos sobre la historieta y el comic, el pop art, el happening y un gran protagonismo en el vanguardista Instituto Di Tella. Además su compromiso con una política de transformación social era bastante elocuente.
De Arlt al psicoanálisis

En 1957 Masotta había escrito un extenso trabajo de crítica literaria sobre la prosa de Roberto Arlt. Allí se metió con determinadas conductas propias a ciertos sectores sociales con los que Arlt había trabajado literariamente. Iría a describir por ejemplo la delación como rasgo sobresaliente de los estratos medios de la sociedad argentina. Pero el trabajo de Masotta recién sería publicado en 1965 por el emblemático editor Jorge Álvarez, quien además de la publicación de libros también difundiría al incipiente rock argentino a través del sello discográfico Mandioca, la madre de los chicos.  “Yo he escrito este libro, que ahora Jorge Álvarez publica bajo el título de Sexo y traición en Roberto Arlt (título comercialmente atractivo, elegido ex profeso; pero también el más sencillamente descriptivo de su contenido) hace ocho años atrás”, comienza señalando su autor en un prefacio a la obra que llevaría el nombre de Roberto Arlt, yo mismo.
Un texto –el del 65- realmente maravilloso, en el que el autor se describe a sí mismo con una honestidad digna de halago, ya que en el propio raconto autobiográfico puede mostrar la realidad de esos tiempos y los avatares propios de un intelectual sumergido en ella. “Escribir el libro me ayudó, textualmente, a descubrir el sentido de la existencia de la clase a la que pertenecía, la clase media. Una banalidad. Pero esa banalidad me había acompañado desde mi nacimiento. Pensando sobre Arlt descubría el sentido de mis conductas actuales y de mis conductas pasadas: que dura y crudamente habían estado determinadas por mi origen social. Y uso la palabra ‘determinación’ en sentido restringido pero fuerte”, señalaba Masotta en el prefacio agregando luego que: “Arlt y yo habíamos salido de la misma salsa, conocimos los mismos ruidos y los mismos olores de la misma ciudad, caminamos por las mismas calles, soportamos seguramente los mismos miedos económicos…”. Más abajo señalaba: “Cuando Álvarez me invitó a que presentara mi libro, me fue difícil atinar en el primer momento a darme un tema que no fuera banal. Ante todo, porque lo que estoy estudiando en este momento es Freud, y no Arlt”.
El retorno a Freud en el Río de la Plata

Desde mediados de los 60 Masotta junto a otros “sofistas”, como él los llamaba por el hecho de vender saber filosófico. comienzan a realizar grupos de estudios para abordar diferentes temas que la Universidad excluía. Ellos eran Saúl Karsz -quien emigraría luego a Paris para estudiar con Louis Althusser-, Raúl Sciarreta, Gregorio Klimovsky, León Rozitchner y el propio Masotta.
En los Comentarios para la Ecole Freudienne de Paris sobre la Fundación de la Escuela Freudiana de Buenos Aires que fuera la presentación que en 1975 realizaría el propio Masotta ante Lacan, dirá: “Pero lo más curioso –los vientos no soplan para muchos lados al mismo tiempo- sería que los cuatro notables terminaríamos en el mismo lugar: Sigmund Freud y el psicoanálisis (cada uno según su talento sin duda, pero a cada uno según su responsabilidad). O Sigmund Freud y los psicoanalistas”. En dicha presentación Masotta dijo que “tenía demasiadas cosas en la cabeza para decidirme por una sola: me atraía entonces el orden y el goce del sentido que prometen los estudios semiológicos y ese manipuleo de signos propio del arte contemporáneo. Antes de los psicoanalistas mis personas cercanas fueron pintores (en el sentido actual del término), arquitectos, semiólogos. Entraba al psicoanálisis caminando por el techo, pero pronto remontaría las paredes hacia el piso: es que tenía alumnos”. La fundación de la Escuela Freudiana de Buenos Aires fue en 1974 a pesar de ya haber sostenido Oscar Masotta una estructura de analistas antes de esa fecha. Al poco tiempo se exiliaría en Barcelona ya que la represión social en Buenos Aires se había vuelto intolerable. Si bien España limita con Francia el psicoanálisis lacaniano fue introducido en ese país a través de argentinos. Casualmente por esos años músicos del rock nacional se exiliarían allí y también impondrían su novedad.

Masotta falleció en 1979 en el exilio. Hoy sólo pequeños grupos de psicoanalistas que fueron formados por él reconocen su importancia. Los avatares propios de un intelectual de vanguardia en “un país sin tradición cultural asentada y una capital sobresofisticada, pero sin defensa contra la entrada masiva de información” dirá el propio Masotta a los analistas franceses en 1975.

2017/10/21

Semblanza de un clásico- Las marcas de Ingmar Bergman

Un recorrido por la vida y la obra del director de El huevo de la serpiente en busca de las fuentes donde abrevaron su formación artística y una producción que cambió la historia del cine.

Nota Socompa

Ingmar Bergman es tal vez una de las figuras más emblemáticas del arte contemporáneo. El entre otras cosas cineasta sueco nacido en Upsala en 1918 y fallecido en la isla Fårö en 2007 se convirtió en uno de los principales productores estéticos de la segunda parte del Siglo XX. En lo que sigue se hará principalmente referencia al cine que, sin dudas es el aspecto más destacado de su producción.
Debe haber sido el año 1970 cuando quien escribe vio por primera vez Vargtimmen (La Hora del Lobo). Fue en el Cine Cervantes de la Plata que estaba ubicado en la calle 51 entre 11 y 12, a pocos metros de Plaza Moreno. Dicha sala se había convertido en cine club y por esa razón el filme de 1968 podía verse ahí como pieza de culto. Este por entonces estudiante del Colegio Nacional de la ciudad de las diagonales entendió bastante poco sobre lo que pudo ver en la pantalla del viejo cine. Bergman no resultaba fácil, aunque su dificultad implicara para los de aquella generación, un valor difícil de igualar cuando el impacto de la obra había resultado contundente. Es tal vez eso lo que hizo que quedase entre los ineludibles y que determinadas obras con el transcurrir del tiempo invitasen nuevamente a ser visitadas. Fue el mismo Bergman quien dijo que la lectura de August Strindberg le produjo algo similar. En el excelente documental Intermezzo (2001), realizado por Gunnar Bergdahl sobre el cineasta, Bergman recordaba haber comenzado a leer a Strindberg a sus 12 o 13 años. Allí decía que había leído sus obras de cámara, principalmente El Pelicano. “Me impresionó muchísimo y no creo que entendiera nada de lo que trataba; pero era el tono, el ataque, esa violenta agresividad”, dijo, lo que logró una fuerte identificación desde su adolescencia e hizo que tuviera una relación con el escritor a lo largo de toda su vida.  Es esa invitación a volver a ver, escuchar o leer una obra que fue moderna en su tiempo, lo que convierte a su autor en un clásico. Ingmar Bergman encaja a la perfección en esa categoría.  A lo largo del Siglo XX los cambios en lo estrictamente cultural se comenzaron a dar a una velocidad que no es comparable a los tiempos precedentes. Esa actualidad que permanece a pesar de los cambios es lo que torna clásico tanto a una obra como a su productor. Desde el surgimiento de la cultura pop, el arte secular y posteriormente el mainstream, los catálogos se engrosan permanentemente. Algunas producciones son completamente desechables, no duran más que el tiempo de su confección. Al poco tiempo ya nadie las recuerda.

Decir algo en el cine

Señalaba Walter Benjamin en La obra de arte en la era de la reproductibilidad técnica (1936) que la proliferación de imágenes producida por el mecanismo de la reproducción mecánica hace que se pierda el aura de la obra. Esto se condice con un cambio profundo de la percepción humana. Es de destacar que en esa crisis se produjo el surgimiento de nuevas artes, entre ellas el cine. Un quehacer emanado de la misma reproducción y el avance tecnológico. Tal vez el desafío es hacer irrumpir desde ahí un nuevo aura.
En el documental señalado de Gunnar Bergdahl, en el que más que una entrevista a Bergman lo que se produjo fue un prolífero diálogo sobre el cine, el gran cineasta en un momento citó a Michelangelo Antonioni. Recordó Ingmar que su par italiano alguna vez había dicho que “si alguien algo tiene para decir, ese lugar es el cine, aunque exista la posibilidad de ser torpe para hacerlo”. No siempre un director de cine encuentra en su producción los elementos necesarios para transmitir lo que desea. Pero luego agregó que “Los actuales jóvenes directores están muy preparados con lo técnico de un rodaje, aunque no siempre ocurre que tengan algo para decir”.
Existe un montón de cosas que normalmente percibimos y que por carecer de un nombre no nos resulta fácil comunicar. Algo de todo eso es probable que en un arte como el cine, se transmita sin tener certeza de ello. Porque no es posible preguntar si se vio tal cosa, cuando eso no cuenta con un nombre. Es precisamente por ello que, a través del cine es posible decir lo que con las palabras no alcanza.Suponer que un “genio” es producto de sí mismo, es caer en una visión metafísica de la creación artística. “El genio es laboriosidad” decía W. Benjamin en Calle de sentido único, a lo que habría que agregar que también es con quiénes logró asociarse. Para Ingmar Bergman: August Strindberg fue su principal referencia literaria. Sven Nykvist fue su genial maestro de fotografía. Max Von Sydow fue tal vez su alter ego en la interpretación actoral, quien en diversos filmes con diferentes nombres pudo interpretar al director encarnado en algún circunstancial personaje. Párrafo aparte representan sus mujeres: Liv Ullmann, Bibi Andersson, Ingrid Thulin o Harriet Andersson. Erland Josephson debe significar sin dudas algo así como un mejor amigo, mientras que Gunnar Björnstrand podría representar el lugar o de su padre o el de su tío Carl, a quien Ingmar en sus memorias -publicadas bajo el título de La Linterna Mágica (1987)- consideraba como alguien diferente entre sus propios familiares.
Un refugio insular

Comienza señalando Bergman en sus memorias que, de niño padeció “toda una serie de enfermedades indefinibles; era como si no acabara de decidirme a vivir”, escribió en la primera página. Al recordar esos sufrimientos se daba cuenta que no habían sido ellos los que le producían el miedo, “el miedo llegó más tarde”. Ese mismo miedo se convirtió en una fuente inagotable de inspiración. Tenía que ver con sus “demonios”. Promediando los sesenta Bergman encontró su refugio cuando fue a vivir a la isla de Fårö en el Báltico. La soledad isleña, los acantilados y la tranquilidad de un mar casi cerrado se convirtieron en el lugar elegido por el cineasta para vivir hasta el día de su muerte. Allí trasladó gran parte de sus estudios e incluso hizo construir una sala de cine. Varias películas fueron realizadas en la isla a partir del ’66 cuando hizo Persona.
En Vargtimmen del 68 también rodada en Fårö, el escenario es isleño. Allí Alma (Liv Ullmann) cuenta que cuando llegaron ahí creyendo que no había nadie y que su marido Johan Börg (Max Von Sydow) al encontrar pisadas en el trayecto a su casa, se puso muy mal. Según una nota a Ullmann publicada por el diario noruego ABCNyHeter el pasado 30 de septiembre, ella afirma que el personaje de Von Sydow coincide plenamente con Ingmar. El miedo no era producido por la soledad.

Escribir sobre Ingmar Bergman podría representar muchísimas líneas más, para hacer justicia con su obra. Esto es sólo un escaso aporte para saciar la necesidad de indicar una profunda admiración.